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jueves, 6 de septiembre de 2012

Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. VII y VIII - Roald Dahl

Viene de "Charlie y la fábrica de chocolate - Cap. IV y V - Roald Dahl"


 VII

El cumpleaños de Charlie

—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron los cuatro abuelos cuando Charlie entró en su habitación a la mañana siguiente. 

Charlie sonrió nerviosamente y se sentó al borde de la cama. Sostenía su regalo, su único regalo, cuidadosamente entre las dos manos. 

DELICIA DE CHOCOLATE Y CARAMELO BATIDO DE WONKA, decía el envoltorio. 

Los cuatro ancianos, dos en cada extremo de la cama, se incorporaron sobre sus almohadas y fijaron sus ojos ansiosos en la chocolatina que Charlie llevaba en las manos. El señor y la señora Bucket entraron en la habitación y se detuvieron a los pies de la cama, observando a Charlie.

La habitación se quedó en silencio. Todos esperaban ahora que Charlie abriese su regalo. Charlie miró la chocolatina. Pasó lentamente las puntas de los dedos de uno a otro extremo de la golosina, acariciándola amorosamente, y el envoltorio de papel brillante crujió suavemente en el silencio de la habitación. 

Entonces la señora Bucket dijo con suavidad:

—No debes desilusionarte demasiado, querido, si no encuentras lo que estás buscando debajo del envoltorio. No puedes esperar tener tanta suerte.
—Tu madre tiene razón —dijo el señor Bucket.
Charlie no dijo nada.

—Después de todo dijo la abuela Josephine—, en el mundo entero sólo hay tres billetes que aún no se han encontrado.
—Lo que debes recordar—dijo la abuela Georgina— es que, pase lo que pase, siempre tendrás la chocolatina.
—¡Delicia de Chocolate y Caramelo Batido de Wonka! —exclamó el abuelo George—. ¡Es la  mejor de todas! ¡Te encantará!
—Sí —murmuró Charlie— Lo sé.
—Olvídate de esos Billetes Dorados y disfruta de la chocolatina —dijo el abuelo Joe—. ¿Por qué no haces eso? 

Todos sabían que era ridículo esperar que esta pobre y única chocolatina tuviese dentro el billete mágico, e intentaban tan dulce y amablemente como podían preparar a Charlie para su desencanto, Pero había otra cosa que los mayores también sabían, y era ésta: que por pequeña que fuese la posibilidad de tener suerte, la posibilidad estaba allí. 

La posibilidad tenía que estar allí.

Esta chocolatina tenía tantas posibilidades como cualquier otra de contener el Billete Dorado. Y por eso todos los abuelos y los padres estaban en realidad nerviosos y excitados corno Charlie, a pesar de que fingían estar muy tranquilos. 

—Será mejor que te decidas a abrirla o llegarás tarde a la escuela ——dijo el abuelo Joe.
—Cuanto antes lo hagas, mejor—dijo el abuelo George.
—Abrela, querido —dijo la abuela Georgina—. Abrela, por favor. Me estás poniendo nerviosa.

Muy lentamente los dedos de Charlie empezaron a rasgar una esquina del papel del envoltorio. Los ancianos se incorporaron en la cama, estirando sus delgados cuellos. Entonces, de pronto, corno si no pudiese soportar por más tiempo el suspense, Charlie desgarró el envoltorio por el medio... y sobre sus rodillas cayó... una chocolatina de cremoso color marrón claro.

Por ningún sitio se veían rastros de un Billete Dorado.

—¡Y bien, ya está! —dijo vivamente el abuelo Joe—, Es justamente lo que nos imaginábamos. 

Charlie levantó la vista. Cuatro amables rostros le miraban atentamente desde la cama. Les sonrió, una pequeña sonrisa triste, y luego se encogió de hombros, recogió la chocolatina, se la ofreció a su madre y dijo:

—Toma, mamá, coge un trozo. La compartiremos. Quiero que todo el mundo la pruebe.
—¡Ni hablar! —dijo la madre.

Y los demás exclamaron: 

—¡No, no! ¡Ni soñarlo! ¡Es toda tuya!
—Por favor —imploró Charlie, volviéndose y ofreciéndola al abuelo Joe.

Pero ni él ni nadie quiso aceptar siquiera un mordisquito.

—Es hora de irte a la escuela, cariño —dijo la señora Bucket, rodeando con su brazo los delgados hombros de Charlie—. Date prisa o llegarás tarde. 

VIII

Se encuentran otros dos billetes dorados

Aquella tarde el periódico del señor Bucket anunciaba el descubrimiento no sólo del tercer Billete Dorado, sino también del cuarto. 

DOS BILLETES DORADOS ENCONTRADOS HOY, gritaban los titulares. YA SOLO FALTA UNO. 

—Está bien —dijo el abuelo Joe, cuando toda la familia estuvo reunida en la habitación de los ancianos después de la cena—, oigamos quién los ha encontrado.
—El tercer billete —leyó el señor Bucket, manteniendo el periódico cerca de su cara porque sus ojos eran débiles y no tenía dinero para comprarse unas gafas—, el tercer billete lo ha encontrado la señorita Violet Beauregarde. Reinaba un gran entusiasmo en la casa de la señorita Beauregarde cuando nuestro periodista llegó para entrevistar a la afortunada joven; las cámaras fotográficas estaban en plena actividad, estallaban los fogonazos de los flashes y la gente se empujaba y daba codazos intentando acercarse un poco más a la famosa muchacha. Y la famosa muchacha estaba de pie sobre una silla en el salón agitando frenéticamente el Billete Dorado a la altura de su cabeza como si estuviese llamando a un taxi. Hablaba muy de prisa y en voz muy alta con todos, pero no era fácil oír lo que decía porque al mismo tiempo mascaba furiosamente un trozo de chicle.


«Normalmente, yo suelo mascar chicle», gritaba, «pero cuando me enteré de este asunto de los billetes del señor Wonka dejé a un lado el chicle y empecé a comprar chocolatinas con la esperanza de tener suerte. Ahora, por supuesto, he vuelto al chicle. Adoro el chicle. No puedo pasarme sin él. Lo mastico todo el tiempo salvo unos pocos minutos a la hora de las comidas, cuando me lo quito de la boca y me lo pego detrás de la oreja para conservarlo. Si quieren que les diga la verdad, simplemente no me sentiría cómoda si no tuviese ese trocito de chicle para mascar durante todo el día. Es cierto. Mi madre dice que eso no es femenino y que no hace buena impresión ver las mandíbulas de una chica subiendo y bajando todo el tiempo como las mías, pero yo no estoy de acuerdo. Y además, ¿quién es ella para criticarme? Porque si quieren mi opinión, yo diría que sus mandíbulas suben y bajan casi tanto como las mías cuando me grita a todas horas.»

«Vamos, Violeta», dijo la señora Beauregarde desde un rincón del salón, donde se había subido encima del piano para evitar que la arrollase la multitud.
«¡Está bien, mamá, no te pongas nerviosa!», gritó la señorita Beauregarde. «Y ahora», prosiguió, volviéndose otra vez a los periodistas, «puede que les interese saber que este trozo de chicle que tengo en la boca lo llevo masticando desde hace más de tres meses. Eso es un récord. He batido el récord alcanzado por mi mejor amiga, la señorita Cornelia Prinzmetel. ¡Vaya si se enfadó! Ahora este trozo de chicle es mi más preciado tesoro. Por las noches lo pego a uno de los barrotes de mi cama, y por las mañanas sigue tan bueno como siempre, quizá un poco duro al principio, pero en cuanto lo mastico dos o tres veces se ablanda en seguida. Antes de empezar a masticar para batir el récord mundial solía cambiar mi chicle una vez al día. Lo hacía en el ascensor cuando volvía de la escuela. ¿Por qué en el ascensor? Porque me gustaba pegar el trozo de chicle que me quitaba de la boca en uno de los botones del ascensor.

Entonces la persona que viniese después de mí y apretase el botón se quedaba con mi trozo de chicle pegado al dedo. ¡Ja! ¡Y vaya escándalo que armaban algunos! Los mejores resultados se obtienen con mujeres que llevan un par de guantes muy caros. Oh, si, estoy contentísima de ir a la fábrica del señor Wonka. Y tengo entendido que después va a darme chicle suficiente para el resto de mi vida. ¡Bravo! ¡Hurra!» 

—Una niña odiosa —dijo la abuela Josephine.
—¡Despreciable! —dijo la abuela Georgina—. Un día tendrá un pegajoso final, mascando tanto chicle. Ya lo verás.
—¿Y quién encontró el cuarto Billete Dorado, papá —preguntó Charlie. 
—Déjame ver dijo el señor Bucket, escrutando el periódico—. Ah, sí, aquí está. El cuarto Billete Dorado —leyó— lo encontró un niño llamado Mike Tevé.
—Apuesto que es otro mal bicho —masculló la abuela Josephine.
—No interrumpas, abuela—dijo la señora Bucket.
—El hogar de los Tevé —dijo el señor Bucket, prosiguiendo con su lectura— estaba abarrotado, como todos los demás, de entusiasmados visitantes cuando llegó nuestro reportero, pero el joven Mike Tevé, el afortunado ganador, parecía terriblemente disgustado con todo el asunto. «¿No ven que estoy mirando televisión?», dijo furioso. «¡Me gustaría que no me interrumpiesen!»

El niño de nueve años estaba sentado delante de un enorme aparato de televisión, con los ojos pegados a la pantalla, y miraba una película en la que un grupo de gangsters disparaba sobre otro grupo de gangsters con ametralladoras. El propio Mike Tevé tenía no menos de dieciocho pistolas de juguete de varios tamaños colgando de cinturones alrededor de su cuerpo, y de vez en cuando daba un salto en el aire y disparaba una media docena de descargas con una u otra de estas armas.

«¡Silencio!», gritaba cuando alguien intentaba hacerle una pregunta. «¿No les he dicho que no me interrumpan? ¡Este programa es absolutamente magnífico! ¡Es estupendo! Lo veo todos los días. Veo todos los programas todos los días, aun hasta los malos, en los que no hay disparos. Los que más me gustan son los de gangsters. ¡Esos gangsters son fantásticos! ¡Especialmente cuando empiezan a llenarse de plomo unos a otros, o a desenfundar las navajas, o a partirse los dientes con nudillos de acero! ¡Caray, lo que yo daría por poder hacer lo mismo! ¡Eso sí que es vida! ¡Es estupendo»

—¡Ya es suficiente! —estalló la abuela Josephine—. ¡No puedo soportar seguir oyéndolo!
—Ni yo —dijo la abuela Georgina—. ¿Es que todos los niños se portan ahora como estos mocosos que estamos oyendo?
—Claro que no —dijo el señor Bucket, sonriéndole a la anciana en la cama—. Algunos sí, por supuesto. En realidad bastantes lo hacen. Pero no todos.
—¡Y ahora sólo queda un billete! —dijo el abuelo George.
—Es verdad —dijo la abuela Georgina—. ¡Y tan seguro como que mañana por la noche tomaré sopa de repollo para la cena, ese billete irá a manos de algún otro crío desagradable que no lo merezca! 



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