Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 16 de septiembre de 2012

La sirenita - Hans Christian Andersen - Parte 1

Cuando pensamos en "La sirenita", cuento de Hans Christian Andersen, enseguida se nos vienen imágenes de versiones románticas con final al estilo "Y comieron perdices, y vivieron felices para siempre". Pero la versión original de "La sirenita" no es una historia "feliz", más bien todo lo contrario. Es que "La sirenita" no habla de la búsqueda de amor...
Recuerdo haber visto alguna vez una versión animada que respetaba bastante la historia, final original incluido. Lamentablemente no tengo los recuerdos suficientes como para buscarla y decirles "ésta es"... pero es anterior a la versión Disney por varios años.... El libro del que estoy copiando el cuento original es un recopilatorio de Hans Christian andersen editado en 1978 (maravillosa colección Biblioteca Clásica Universal). Y si pienso un poco más, me viene a la memoria un libro editado para niños, con bellas imágenes, que contaba una versión reducida pero fiel esta historia...
Entonces pienso si el quiebre entre el cuento que escribió Hans Christian Andersen y el que todos conocemos ahora, no fue allá por 1989... :D
La pregunta que siempre me surge cuando descubro que "los clásicos" no son tan clásicos (ya que han sido reescritos casi por completo entre finales del siglo XX y lo que va del XXI) es "¿Por qué?". La respuesta es simple. La mayoría de los adultos no quiere exponer a los niños a las historias crueles y a los finales tristes (como si los cuentos de hadas felices fueran un calco de la realidad), y, además, los finales felices tienen más "rating" pero, cuando lean este hermoso relato, magistralmente escrito, verán que una modificación de ese tipo, no era necesaria...
Los dejo con "Den lille havfrue" (titulo original: La mujercita del mar, 1836-7)
Lo he dividido en tres partes que iré publicando. Es que sin llegar a ser una novela, tiene una extensión considerable como para ser publicado completo en un post.
Espero que les guste :D


La Sirenita

En alta mar el agua es tan azul como los pétalos de la más linda centaura y tan clara como el más puto cristal, pero muy profunda, más profunda de lo que puede alcanzar ninguna cadena ancla. Deberían apilarse, una sobre otra, muchas torres de iglesia para llegar desde el fondo hasta la superficie del agua. Allí abajo viven los seres del mar. Porque no vayan a creer que allí sólo está el desnudo fondo blanco de la arena. No, allí crecen maravillosos árboles y plantas que tienen tallos y hojas tan flexibles que al menor movimiento del agua se estremecen, como si tuvieran vida. Toda clase de peces, pequeños y grandes, se deslizan entre las ramas, igual que se deslizan aquí arriba los pájaros por el aire.

En el lugar más profundo está el castillo del rey del mar. Los muros son de coral y las largas ventanas ojivales, del más transparente ámbar; el techo es de conchas de moluscos que se abren y se cierran con la corriente del agua. Es maravilloso pues en cada concha hay una perla y una sola de ellas sería un adorno en la corona de cualquier reina.

Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre dirigía la casa, era una mujer inteligente, pero orgullosa de su linaje, por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras los otros nobles sólo podían llevar seis. Fuera de esto merecía muchos elogios, especialmente porque adoraba a las princesitas del mar, sus nietas. Eran seis preciosas criaturas pero la más pequeña era la más linda de todas. Su piel era tan clara y delicada como un pétalo de rosa, sus ojos tan azules como el más profundo lago. Pero, igual que todas las demás, no tenía pies; su cuerpo terminaba en una cola de pez. Todo el largo día podían jugar en el castillo, en las grandes salas, donde crecían flores naturales en las paredes. Las grandes ventanas de ámbar se abrían y entonces los peces entraban nadando hacia ellas, como vuelan entre nosotros las golondrinas, pero los peces se les acercaban mucho más, para que las princesitas les dieran de comer de la mano y las acariciaran.

Afuera del castillo había un gran jardín con árboles rojo fuego y azul oscuro; los frutos brillaban como oro y las flores parecían lenguas de fuego, porque sus tallos y sus pétalos se movían continuamente. El suelo mismo era de la arena más fina, pero azul como llama de azufre. Sobre todas las cosas de allí abajo flotaba un extraño resplandor azul, y se podía pensar que uno estaba muy alto en la atmósfera, con sólo el cielo por encima y por debajo, y no en el fondo del mar. Cuando todo estaba en calma se podía ver el sol; parecía una flor púrpura cuyo cáliz irradiaba la luz.

Cada una de las princesas tenía su pedacito de jardín, donde podía cavar y plantar como quisiera. Una le dio forma de ballena a su pedazo; a la otra le gustaba más que se pareciese a una sirenita, pero la menor hizo su pedazo bien redondo, como el sol, y sólo puso flores rojas, que brillaban como él. Era una criatura extraña, callada y pensativa, y mientras las hermanas adornaban sus jardines con las maravillosas cosas que encontraban en los buques naufragados, ella sólo había colocado, además de las flores rojas, que parecían el sol de allá arriba, una hermosa estatua de mármol. Era un lindo muchacho esculpido en blanca y traslúcida piedra, que había llegado al fondo del mar en un naufragio.

Plantó al lado de la estatua un sauce llorón rosado, que creció hermoso, y sus frescas ramas colgaban alrededor de la estatua tocando el fondo de arena azul, donde la sombra se proyectaba violácea moviéndose igual que las ramas. Daba la sensación de que la copa y las raíces jugaban a besarse.

No tenía alegría mayor que oír hablar del mundo de la gente de allá arriba. La anciana abuela tenía que contarle todo lo que sabía de barcos y ciudades, gente y animales; le parecía particularmente maravilloso que arriba, en la tierra, las flores tuviesen perfume, ya que no lo tenían las del fondo del mar, y que los bosques fuesen verdes y que los peces que andaban entre sus ramas pudieran cantar tan alto y lindo que era un placer escucharlos. Se refería a los pájaros, que la abuela llamaba peces, pues de otro modo no se hubiesen entendido, ya que nunca habían visto un pájaro.

- Cuando cumpláis quince años - dijo la abuela-, tendréis permiso para emerger del agua y sentaros a la luz de la luna sobre las rocas y ver pasar navegando los grandes barcos; veréis los bosques y las ciudades.

Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumpliría los quince años; se llevaban un año entre ellas, de modo que a la menor le faltaban todavía cinco años completos antes de poder salir del agua y ver cómo eran las cosas aquí entre nosotros. Pero cada una había prometido describir a las demás lo más hermoso que viese el primer día; pues la abuela no les contaba lo suficiente, ¡había tantas cosas que querían saber!

Ninguna estaba tan ansiosa como la menor, justamente ella, que era la que más tenía que esperar y que era tan tranquila y pensativa. Muchas noches se quedaba junto a la ventana abierta, mirando hacia lo alto, a través del agua azul oscura, que los peces agitaban con sus aletas y colas. Podía ver la luna y las estrellas, que a través del agua, o bien un buque con muchas personas a bordo, ninguna de las cuales pensaría que debajo de ellas había una linda sirenita alzando sus blancas manos hacia la quilla.

Llegó el día en que la mayor de las princesas cumplió los quince años y pudo salir del mar.

Cuando regresó tenía cien cosas para contar, pero lo más lindo, según dijo, había sido echarse sobre un banco de arena en el tranquilo mar, a la luz de la luna, y ver en la costa la gran ciudad, con las luces titilantes como cientos de estrellas, oír la música y el ruido y el alboroto de los coches y la gente, ver las muchas torres de iglesias y campanarios y oír el tañido de las campanas. Esto era lo que más nostalgia le producía, justamente porque no había podido estar allí mismo.

¡Ay, con qué atención la escuchaba la hermana menor! A partir de entonces, cuando se quedaban de noche junto a la ventana abierta, mirando a través del agua azul oscura, pensaba en la gran ciudad con todo su ruido y su alboroto y le parecía oír que las campanas de la iglesia la llamaban.

Al año siguiente la segunda hermana tuvo permiso de emerger del agua y nadar hasta donde quisiese. Salió justo en el momento de la puesta del sol, y ese espectáculo le pareció lo más maravilloso. Todo el cielo parecía de oro. En cuanto a la belleza de las nubes no sabía ni cómo describirla; rojas y violáceas, navegaban sobre ella, y con mucha mayor velocidad pasó volando una bandada de cisnes salvajes, dando la sensación de un largo velo blanco que rozaba el agua en dirección al sol. Ella nadó hacia el sol, pero éste se hundió y el rayo de luz rosado se apagó sobre la superficie del mar y las nubes.

Al año siguiente subió a la superficie la tercera hermana. Era la más audaz de todas, por eso se atrevió a nadar, remontando un ancho río que desembocaba en el mar. Vio hermosas colinas cubiertas de viñas, castillos y granjas se asomaban por entre magníficos bosques. Oyó como cantaban los pájaros y el sol brillaba tan caliente que tuvo que zambullirse varias veces para refrescar su rostro ardiente. En una pequeña bahía encontró un montón de criaturas, completamente desnudas, que corrían chapoteando en el agua. Ella se les acercó para jugar, pero salieron corriendo asustadas. Se les acercó entonces un animalito negro, era un perro, pero ella nunca había visto un perro, le ladraba tan amenazadoramente que le dio miedo y huyó al mar abierto, pero no olvidaría jamás los magníficos bosques, las verdes colinas, los hermosos niños que podían también nadar, aunque no tenían cola de peces.

La cuarta hermana no fue tan atrevida. No se movió de alta mar y contó que eso había sido lo más lindo, el poder mirar muchas millas a la redonda y tener el cielo por encima como una gran campana de cristal. Había visto barcos a lo lejos que parecían gaviotas, los graciosos delfines que hacían piruetas y las grandes ballenas que echaban agua, por las narices, de manera que semejaban cientos de fuentes de agua alrededor.

Le llegó el turno a la quinta hermana. Su cumpleaños caía justo en invierno y por eso vio lo que las otras no habían visto la primera vez. El mar estaba muy verde y flotaban alrededor grandes témpanos. cada uno parecía una perla y eran mucho más altos que las torres de las iglesias que construye la gente. Adoptaban formas muy caprichosas y brillaban como diamantes. Se sentó sobre uno de los más grandes y todos los veleros pasaban esquivándolo atemorizados, mientras ella dejaba que el viento jugara con sus largos cabellos. Al anochecer el cielo se cubrió de nubes; relampagueaba y tronaba mientras el mar ennegrecido levantaba en alto los grandes témpanos que brillaban a la luz rojiza de los rayos. En todos los barcos recogían las velas con angustia y terror. Ella seguía sentada tranquilamente sobre su témpano flotante, mirando zigzaguear los rayos azules de los relámpagos reflejados en el brillante mar.

La primera vez que una de las hermanas salía a la superficie se sentía subyugada por las cosas nuevas y bellas que veía. Pero después, como por ser jóvenes adultas tenían ya permiso para salir todas las veces que quisiesen, les fue indiferente. Añoraban el hogar y después de un mes decían que lo más hermoso estaba donde ellas vivían y que lo más lindo era quedarse en casa. Muchos atardeceres se tomaban de la mano las cinco hermanas y salían en fila a la superficie. Tenían hermosísimas voces, más hermosas que las de cualquier persona. Cuando estallaba un temporal y pensaban que los barcos podían irse a pique, nadaban delante de los bosques, cantando, con arte exquisito, las bellezas del fondo del mar y pidiendo a los marineros que no temiesesn llegar hasta allí. Pero ellos no entendían, creían que era la tormenta. Y nunca pudieron llegar a ver las bellezas del fondo del mar pues, cuando el barco se hundía, se ahogaba la gente y sólo llegaban los muertos al palacio del rey del mar.   

Cuando, al anochecer, las hermanas sabían tomadas de la mano a la superficie, quedaba la hermanita menor completamente sola, mirándolas, y parecía que se iba a poner a llorar; pero las sirenas no tienen lágrimas y por eso sufren mucho más.

- ¡Ay, cuándo tendré quince años! - decía la sirenita-. Yo sé que voy a querer a ese mundo de arriba y a la gente que lo construye y lo ahbita.

Finalmente cumplió quince años.

- Bien, ya no te tendremos de la mano - dijo su abuela, la anciana reina madre -. Ven, déjame que te adorne como a tus otras hermanas.

Y le puso una corona de lirios blancos sobre el cabello. Cada pétalo de las flores era una media perla y la anciana le prendió ocho grandes ostras en la cola como signo de su alcurnia.

- ¡Cómo me duele! - dijo la sirenita.
- Sí, algo se sufre con la coquetería - dijo la anciana.

¡Ay! de buena gana se hubiese sacudido toda aquella pompa y dejado la pesada diadema. Las flores rojas de su jardín le sentaban mucho mejor.

Pero no se atrevió a cambiar nada.

- Adiós - dijo, y se elevó en el agua, ligera y diáfana como una burbuja.

El sol acababa de ocultarse en el mismo instante en que ella sacó su cabeza del agua, pero todas las nubels brillaban todavía como rosas y oro y en medio del cielo sonrosado brillaba, clara y preciosa, la estrella verpertina. El aire era suave y fresco y el mar calmo. Veía cerca un barco grande con tres mástiles y una sola vela desplegada pues no se movía una brisa. Había marineros sentados en las pértigas entre las jarcias. Se oían música y cantos, y a medida que se hacía oscuro se encendían cientos de farolitos de colores: parecía que las banderas de todas las naciones ondeaban en el aire.

La sirenita nadó hasta la ventana de un camarote y, cada vez que el agua la alzaba, podía mirar a través del vidrio transparente. Vio mucha gente lujosamente vestida. El más hermoso de todos era el joven príncipe de los grandes ojos negros. No tendría mucho más de dieciséis años; era su cumpleaños y por eso era la fiesta. Los marineros bailaban sobre cubierta. Cuando el príncipe salió tiraron más de cien bengalas al aire, que iluminaron como la luz del día. La sirenita se asustó y se zambulló, pero pronto asomó nuevamente la cabeza y le pareció que todas las estrellas del cielo caían sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles giraban. Hermosos peces de fuego surcaban el aire azul y todo se reflejaba, repitiéndose, en el espejo del agua.

En el buque era tanta la claridad que se distinguía cada jarcia, con más razón las personas. ¡Qué hermoso era el príncipe! Estrechaba las manos de la gente, reía y sonreía, mientras sonaba la música en la preciosa noche.

Se hizo tardísimo, pero la sirenita no apartaba sus ojos del navío y del hermoso príncipe. Apagaron los farolitos multicolores; las bengalas ya no subían en el cielo, tampoco disparaban más salvas. Por debajo del agua había un zumbido y una trepidación; ella seguía meciéndose con las olas, hacia arriba y hacia abajo, para asomarse al camarote cada vez que subía. De pronto el buque aumentó su velocidad, izaron una vela tras otra. Las olas también empezaron a tener más fuerza, fueron apareciendo grandes nubes y a lo lejos se veían relámpagos. Se preparaba un terrible temporal. Los marineros volvieron a arriar las velas. El enorme navío se hamacaba con ritmo desenfrenado en el mar embravecido. Las olas se levantaban como grandes montañas negras que amenazaban estrellarse contra los mástiles. El barco se sumergía como un cisne entre las grandes olas, para remontarse después hasta la altura de un campanario. A la sirenita aquello le parecía divertido, no así a los marineros. el barco crujía y se estremecía, las gruesas tablas se doblaban con los fuertes embates del mar. El mástil se partió por el medio, como si fuera de caña; el navío escoró y empezó a hacer agua en la bodega. Sólo entonces la sirenita se dio cuenta del peligro que corrían, pues ella misma tenía que cuidarse de los maderos y restos flotantes del barco. Súbitamente la oscuridad fue completa y no pudo ver nada, y de pronto la luz fue completa y no pudo ver nada, y de pronto la luz de un relámpago dio claridad como para distinguir a los tripulantes del navío, cada uno tratando de ponerse a salvo.

Ella trataba de encontrar al príncipe, lo había visto hundirse en el agua cuando el barco se partió. En un primer momento eso la alegró, porque pensó que así llegaría hasta ella, pero enseguida recordó que las personas no pueden vivir bajo el agua, de modo que el príncipe únicamente muerto podría llegar al palacio de su padre. No, no debía morir; por eso empezó a nadar entre los maderos y tablas que flotaban en el agua sin pensar que podían aplastarla. Se sumergía y volvía a salir del agua, elevándose en la cresta de las olas, y finalmente llegó donde estaba el príncipe, ya casi en el límite de sus fuerzas para luchar contra el mar embravecido. Los brazos y las piernas se le entumecían, tenía los hermosos ojos cerrados; habría muerto de no llegar la sirenita a su lado. Ella le sostuvo la cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.

Al amanecer la tempestad se había calmado. No se divisaba ni una astillas del navío. El sol salió rojo y brillante debajo del agua y las mejillas del príncipe recobraron la vida. La sirena le besó la ancha frente y se la despejó del cabello mojado. Lo encontró parecido a la estatua de mármol que tenía en su jardincito allá abajo. Volvió a besarlo, deseando que viviera.

De pronto, vio tierra firme por delante, altas montañas azules con las cimas cubiertas de nieve blanca y brillante, que parecían cisnes echados. Sobre la costa, hermosos bosques verdes, en primer término una iglesia o un convento, no sabía bien qué era, pero al menos era un edificio. Limoneros y naranjos crecían en el jardín y altas palmeras en el portal. El mar formaba allí una pequeña bahía completamente en calma pero muy profunda, el agua llegaba hasta una roca donde lamía la blanca y fina arena. Hasta allí nadó la sirenita con el hermosos príncipe y lo depositó sobre la arena, tratando de que la cabeza le quedara alta, al calor del sol.

Las campanas llamaban en el blanco edificio. salieron varias muchachas jóvenes al jardín. La sirenita se alejó nadando hasta quedar detrás de unas piedras altas que sobresalían del agua, se cubrió el cabello y el pecho con espuma de mar para disimular su rostro y poder vigilar y ver quién venía por el pobre príncipe.

Al poco rato se acercó una joven. En el primer momento se asustó, pero reaccionó enseguida y fue a buscar gente. La sirenita vio que el príncipe volvía a la vida y sonreía a los que lo rodeaban, pero a ella no le sonrió, claro; tampoco sabía él que ella lo había salvado. La sirenita se sintió muy afligida y, cuando condujeron al príncipe dentro del edificio, ella se sumergió en el agua muy triste y regresó al palacio de su padre.

Continúa esta historia en "La sirenita - Hans Christian Andersen - Parte 2"



4 comentarios:

  1. http://www.youtube.com/watch?v=7--cjJTnTGY ....Esta es la versión de la productora japonesa "Toei Animation" del año 1975, fue realizada por Tomoharu Katsumata, director de "Capitán Harlock", "Mazinger Z" y "Los Caballeros del Zodíaco" (Según la información que he encontrado, espero que esté correcta)

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